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sábado, 8 de diciembre de 2012

La buena vida en la Sabana


[Relato que complementa el anterior]

 

En un domingo de sol y al aire libre, en Bogotá, Rafael Medina Pardo, carpintero de 70 años, habló de su vida, luego remató con una lección de historia patria reciente. Casualmente, fue a la vista de un sitio lleno de libros sobre eso mismo, tal vez menos certeros.

Había todavía, frente a la entrada de la Luis Angel Arango, cruzando la calle 11 con 4ª, una plazoleta esquinera. Se veía ahí en bronce de bulto exento y de cuerpo entero a Gregorio Vásquez de Arce y Ceballos, el pintor de la Colonia, con paleta y pincel. Un señor me vio en una banca, leyendo y subrayando, y se fue acercando con una mesita de noche.

Se sentó, la plantó en el suelo y dijo: "¡Escriba aquí encima! ¡Le llegó la mesa! ¡Escriba sobre la mesa!" Dio un golpe sobre ella con la palma de la mano. La andaba ofreciendo por la calle. No tenía puesto fijo en el mercado de las pulgas pero en otras ocasiones había vendido dos allá.

Frente a la casa había ebanisterías. Fue ahí donde aprendió de niño el oficio y donde se admiraban de su habilidad. La madera ahora no le costaba nada porque sus tres hijos varones eran todos ebanistas y le traían tablitas de cedro y pino morado. Ese trabajo acaba con la vista, dijo, y por eso usaba unas gafas de lentes verdes gruesos. No es un trabajo para cualquiera: hay que ser inteligente, saber matemáticas para calcular cuanta madera se necesita.

Hizo la Primaria y luego lo pusieron a estudiar Comercio en un instituto que quedaba en la Plaza de Bolívar, donde se pagaba cinco pesos mensuales. Las materias eran mecanografía, castellano, redacción y taquigrafía. En casa lo apreciaban más que a los demás porque "tenía cachumbos y ojos verdes y parecía extranjero". Fue por eso que le quisieron dar esa oportunidad, cosa que no aprovechó.

Los compañeros de estudio, que eran de mayor edad, no lo dejaron estudiar. Más bien lo "dañaron". Lo llevaban a "los barrios donde había niñas", pero "a mí no me paraban bolas, porque sabían [ellas] a lo que iban [ellos]". Fueron ellos los que le enseñaron a tomar.

Como si todo eso fuera poco, el mayor se gastaba en trago los cinco pesos que la mamá le daba para que fuera a pagar los estudios de Comercio del hermano. En esa época, con cinco pesos podía uno vivir durante un mes. A los seis meses la mandaron llamar y le explicaron la situación: "Ese muchacho no estudia. Se le pregunta y no sabe contestar. Es mejor que lo saque porque está perdiendo la plata." No le exigieron el pago de la deuda pero ella insistió y pagó los treinta pesos.

Era inquieto y le gustaba viajar en tren a los pueblos de la Sabana. Como a los trece "me le volé a mi mamá". Fue a dar a Manizales. Comenzó a pasar hambre porque no conseguía trabajo.

Entró a un restaurante, almorzó y luego, muerto del miedo, esperó a que se descuidaran para largarse pero vio que era imposible por la entrada. Entendió que en esos casos hay que buscar la cocina y no la entrada, entonces lo que pasó fue que comenzó a escurrirse hacia la cocina. Cuando vio un balde y unos trapos se le ocurrió la Gran Idea: se puso a limpiar el piso. Las empleadas le preguntaron:

 

 

          -- ¡Oiga! ¿Qué hace?

 

          -- ¡Nooo! Fue que la dueña me dijo que limpiara aquí y que luego me daba algo.

 

Fueron a llamarla. Vino, lo miró y dijo:

 

          -- ¡Aaaa! Ese es el muchacho que estaba almorzando allá. ¿Ya pagó el almuerzo?

 

          -- ¡Noo, es que no tengo plata y estaba con mucha hambre, pero…déjeme limpiar y con eso le pago!

 

          -- ¡Tenía que ser rolo! ¡Y uno sin saber si se va a robar algo!

 

 

Le cayó bien y lo puso a trabajar haciendo mandados y otras cosas. Se estuvo ahí un año, hasta que comenzó a pensar en la mamá y decidió regresar a Bogotá. Cuando le contó todo ella se persignó. "¡Menos mal que lo que hizo fue trabajar y no robar!" Llegó a Manizales y de ahí no pasó. No recorrió más mundo que ese.

En esos días "el chino de los mandados" era una institución en las casas de familia bogotanas. Lo oí decir a una tía que ya falleció. De otros sitios, otros darán razón. Como señal de prestigio social superaba al perro de hoy, pero la gente sí dice: "Casa que se respete tiene perro."

Fueron diez --seis mujeres y cuatro varones--, y "todos existen". El por su parte tuvo ocho (cinco y tres, respectivamente).

"Nos separamos. No nos entendimos. Quería mi independencia…pero tengo mi vieja. Veinticinco años. [Quiso decir: "…viviendo juntos".] Salió mejor que la otra. Me quiere. Llora por mí. Me lava los pies. Mi mujer nunca me quiso. Uno va a donde lo quieren…pero mis hijas son mis hijas. Cuando las voy a ver me dicen: '¿No tiene para el arriendo? Tome esto.' Llevo una vida sabrosita."

Cuando era niño el papá lo mandaba por chicha a la chichería con unas cantinas grandes. Una se llamaba La Totuma de Oro, otra, El Aerolito. En esos tiempos, cuando se vendía libremente, e incluso la tomaba el Presidente Alfonso López Pumarejo, era espesa y nutritiva. Le echaban arracacha y caldo de pata. Hacían unos bollos que rallaban para echar a la chicha.

Ahora, en cambio, es "una agüita amarilla", y además peligrosa porque le echan amoníaco para que a la gente le dé sed y siga tomando. (Es como con las vacas. Les ponen trozos de sal para que laman y queden sedientas. Mientras más agua toman, más leche dan.) Va acabando con el cerebro de la persona. "Muchos viejitos se han muerto" por andar tomando chicha. Crea hábito en los que la prueban. El amoníaco se lo echan "con gotas contadas" porque es un veneno.

Decía conocer unos seis o siete lugares donde se toma chicha (en el Barrio Egipto, por ejemplo). La gente llega y toca a la puerta, que permanece cerrada. La Policía también los conoce. Llegan los policías y el propietario los recibe y les da comida y dos mil pesos. (Estamos hablando de hace más de quince años. Tráigase a valor presente los dos mil.)

"No se entera el alcalde, ni nadie. Es como si la Policía les estuviera cobrando un impuesto."

Siempre fue liberal pero no volvió a votar porque ya no cree en eso: el político lo que busca es "el serrucho" ("la mordida", dicen en Méjico). Lo de Gaitán fue una conspiración de los ricos. "Se unieron liberales y conservadores para matarlo" cuando se puso a hablar de la "fiscalización de bienes", que era "quitarle la plata a los ricos para dársela a los pobres".

Tiene que ser el secreto mejor custodiado de la historia de Colombia. Jamás, en 43 años cumplidos, había topado yo con la tal fiscalización, que resulta ser la médula de la cuestión. Hace pensar en las expropiaciones de Allende y la reacción a ellas porque sigue vigente, como aquí, pero soterrada.

Eso se vio en los comentarios de un humorista chileno que imita a Pinochet. Cuando arrestaron al general en el Reino Unido le fue imposible conseguir empleo por varios meses. Fue revelado éste otro secreto: que en Chile de un tirano nadie se burla si está preso en Europa.

Hacia las cinco seguía despejado el cielo. Una nube diminuta tapó el sol. Bastó con eso para que soplara una brisa fría. Don Rafael se fue levantando. En otra ocasión hablábamos, dijo. Pasaba habitualmente por ahí. De todos modos nunca se lo volvió a ver por esos lados, ni en el mercado de las pulgas.

 

 

[El siguiente asunto: la transcripción del programa radial con los comentarios del chileno irrespetuoso.]

 

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